Como un castillo de naipes



«Puedo parecer pesimista, pero mi impresión es que, con una irresponsabilidad tan grande como la de nuestra irreprimible vocación por el juego y la diversión, hemos hecho de la cultura uno de esos vistosos pero frágiles castillos construidos sobre la arena que se deshacen al primer golpe de viento».
Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo


Vaya por delante que uno defiende sin reparos el derecho de todos a hacer con su privacidad lo que estimen más oportuno, faltaría más, y que cada uno es libre de airear los pormenores de su vida amorosa a los cuatro vientos y embolsarse a cambio una buena cantidad de dinero, por supuesto.

Pero es de temer que la portada de una famosa revista del corazón de gran tirada, en la que Vargas Llosa sale sujetando por la cintura a una no menos famosa diva asidua a este tipo de publicaciones, y el reportaje central de la revista en el que ambos, Premio Nobel de Literatura y célebre diva de la prensa amarilla, venden la exclusiva de su amor y lo proclaman con profusión de detalles y extenso reportaje fotográfico, haya provocado inevitablemente que la valoración pública de la figura de Vargas Llosa se sitúe en la actualidad en unos mínimos históricos, incluso hasta para sus lectores más entusiastas.

Recuerdo al propio Vargas Llosa aseverar en el marco de una extensa entrevista sobre su vida y su obra, una que le hicieron hace años y que puede encontrarse fácilmente en internet, que él no era uno de esos escritores exhibicionistas a los que les gusta ventear asuntos de su vida privada, que él únicamente hablaba de literatura o de asuntos políticos y sociales de interés general, dado su compromiso ético como escritor, y que siempre había procurado mantener su intimidad lejos del acoso mediático.

Y más recientemente, en un ensayo titulado La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), también Vargas Llosa criticaba duramente la tendencia actual de confundir la cultura con los subproductos de la industria del espectáculo, lo cual provoca una profunda erosión de los valores culturales en los que se ha cimentado nuestra tradición occidental durante miles de años.

A diferencia del espectáculo, cuyo principal objetivo es el puro entretenimiento, la vocación por el juego y la diversión -algo que también resulta muy saludable en ocasiones-, lo que se considera cultura se supone que produce una huella significativa y perdurable en la tradición. Desde siempre han existido el espectáculo y la cultura, afirmaba Vargas Llosa en aquel ensayo, el problema es que desde hace algún tiempo ambas facetas parecen haberse fusionado y resulta muy complicado diferenciarlas y criticarlas desde los parámetros tradicionales de significación y perdurabilidad.

Cuando le concedieron el Nobel de Literatura, la revista Letras Libres se apresuró a dedicarle un número especial en su edición de noviembre de 2010 a Vargas Llosa. El ejemplar se titulaba “Viaje al interior de Vargas Llosa” y trazaba un recorrido por su trayectoria vital y literaria hasta la concesión del Nobel: sus recuerdos de infancia, sus desavenencias con la figura ausente y autoritaria de su padre, sus influencias literarias, su perfil político, su compromiso ético en contra de las dictaduras, su oposición a los nacionalismos excluyentes, su interpretación de la escritura como una “orgía perpetua” y, por supuesto, las altas cuotas de calidad de su producción novelística y ensayística. Un volumen monográfico que leí y subrayé con profusión en su momento y que todavía conservo en la estantería al lado de sus libros.

Al comparar el contenido de ambas revistas, aquella edición especial de Letras Libres y la revista del corazón que exhibe la exclusiva de sus amoríos recientes, y teniendo en cuenta lo que él mismo afirmó en La civilización del espectáculo, uno no puede evitar concluir que Vargas Llosa ha incurrido en aquello que él mismo criticaba hace años con una argumentación impecable, pero que de su puño y letra ahora se nos revela tan inconsistente como un castillo de naipes.

Comentarios

  1. Ahora puedes equiparar, sin temor a equivocarte, los sanitarios de Porcelanosa con Vargas Llosa; ambos son objetos al servicio de la diva y ambos le reportan pingües beneficios.

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  2. Sinceramente, es muy extraña esta confluencia. Mengua, a mi juicio, la admirabilidad del autor, aunque nunca he admirado a don Mario, entendiendo por admiración algo que no tiene que ver con su incuestionable calidad amanuense -no quiero poner literaria porque mi concepción de la literatura es un poco más pasional, por así decirlo-, en cambio crece la curiosidad por esta incógnita señora que ha captado la atención de tan intelectualmente alto personaje. ¿Y por qué escribo así?, no sé, me sale solo. Uno solo puede ver en esta unión -y divulgación por tan rancias páginas- una cuestión económica, lo que resulta muy muy miserable, pero ¡coño, es Mario Vargas Llosa!, ¿no podría ocurrir que esta mujer fuera a ser tan extraordinaria -y a estas altura creo que ya hablar de cama es focalizar demasiado, que no quita que sus polvos se echen, pero no puede ser solo eso- que haya insuflado una auténtica pasión de vida en el alma de un hombre de casi ochenta años con, tal vez no toda, pero bastante, capacidad intelectual intacta y que, por su condición de escritor, probablemente con una amplia visión de la vida en general, es decir, posiblemente con una visión pesimista, o cuando menos muy poco esperanzadora, que le atribuyo a todo intelectual? En fin, que estoy tentado a leer alguna biografía, preferiblemente autobiografía de doña Isabel, y estoy dispuesto a encontrar en ella a una Lou Andreas Salomé

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    1. Es cierto, Riforfo, parece muy miserable. E innecesario.

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