«Pero tal vez falten los viajes más extraordinarios. Son los
que no he hecho, los que nunca podré hacer. Que permanecen sin escribir, o
encerrados en su propioalfabeto secreto bajo los párpados, por las noches.
Después nos quedamos dormidos, y levamos anclas.»
Antonio Tabucchi, Viajes
y otros viajes
Resulta que un día te levantas
por la mañana y eres incapaz de reconocer a ese extraño que te devuelve la
mirada desde el fondo del espejo. Hay un principio de carcoma y de óxido en las
rutinas cotidianas que termina por aniquilar la curiosidad, como si fuese un
ejército de termitas implacables y silenciosas entrenado para destrozar la
madera.
De ahí que puedan volverse ajenos
e indiferentes las aceras recorridas por nuestros pasos, los nombres de las
calles que transitamos, los rostros de las personas con las que nos cruzamos,
las conversaciones automáticas, los mismos gestos repetidos cíclicamente hasta
perder la capacidad de ilusionarnos. En cualquier repetición existe la amenaza de
un vacío, un desgaste progresivo del sentido, que a menudo se impone con la
fuerza de lo inevitable.
Cualquier comprensión del mundo
necesita un cierto distanciamiento del sujeto cognoscente. Son palabras de
Gadamer, que insistía en las dificultades de comprensión ante lo que deviene extremadamente
cercano: no solo las cosas más desconocidas y remotas, sino también las más familiares
y cotidianas, pueden producir un extrañamiento que conduce a lo incomprensible.
Para empezar, no elegimos la decisión
de si venir o no a este mundo, como tampoco elegimos nuestro lugar de
nacimiento o nuestra lengua materna, ni las circunstancias históricas que nos
han tocado vivir, ni nuestras características biológicas, elementos que nos
vienen «asignados» por defecto, sin que tengamos ninguna capacidad de
intervención en ellos, como si fuésemos un modelo de fábrica prefijado de
antemano.
Según Ortega, somos como ese
actor desprevenido, sin un guion en el que apoyarse, arrojado al escenario de
un teatro lleno de público que espera ver nuestra actuación. Y ahí, en esa tesitura
tan incómoda y delicada, un tanto embarazosa, no nos queda más remedio que recurrir
a la espontaneidad y a la improvisación.
Es cierto que, una vez «instalados»
en el mundo, sí que podemos «compensar» esta incapacidad previa de elección con
nuestras propias decisiones. Esa es nuestra «dimensión de libertad», de la que
también habla Ortega.
De modo que, si no estamos
satisfechos con lo que tenemos, con lo que la naturaleza nos ha «asignado» o con
el entorno al que hemos sido «arrojados», siempre existe la posibilidad de cambiarlo
para que se acomode mejor a nuestros intereses particulares o a nuestro modo de
vida.
Así, podemos aprender un nuevo
idioma, cambiar de trabajo o de pareja, mudarnos a otra casa o al extranjero,
trasladarnos de ciudad o solicitar asilo político en otro país; como también podemos
cambiarnos el color del pelo, hacer deporte o dieta para sentirnos mejor,
apuntarnos a clase de cocina o firmar una hipoteca.
El caso es que permanecer
demasiado tiempo en un mismo sitio conlleva el peligro de olvidar que siempre
estamos de paso. Puede que el extraño del espejo ya no quiera seguir
interpretando «su» papel, o que el escenario al que fue arrojado se haya
quedado demasiado estrecho.
Me sorprenden y me intrigan al
mismo tiempo esas personas que afirman estar hechas «de una sola pieza», como
si fuesen su propia estatua de mármol y su pedestal, su destreza para
permanecer fieles a sí mismas, perfectamente inmutables, impermeables a la
atmósfera que les rodea o al flujo de las circunstancias, siempre con la misma
máscara.
Viajar, por el contrario, te
permite bajarte del pedestal y coger vacaciones de ti mismo, concederte una
bocanada de oxígeno, descansar de una parte de tu identidad, de las rutinas deprimentes
que te absorben invariablemente, casi sin darte cuenta, fomentadas por los
hábitos laborales y las obligaciones cotidianas.
Viajar te ofrece la posibilidad
de reinventarte a través de nuevas y mejores metáforas, como sugería Rorty, de sentir
que no tienes la tenacidad rocosa de las estatuas, sino que estás hecho de
viento y de espuma, del material de los deseos y de los sueños.
Al hacernos adultos perdemos la
habilidad de percibir la realidad como un juego. De forma intuitiva, sin ningún
esfuerzo, el niño mantiene esa actitud despierta y curiosa respecto al mundo
que le rodea. Por eso pregunta incesantemente, casi de forma compulsiva, sin
admitir una interrupción en la cadena de causalidad que tanto le intriga: todo
le asombra y le estimula, porque el mundo realmente es para él un lugar
estimulante y sorprendente, ese que hemos dejado de ver los adultos.
Aristóteles situó el origen de la
filosofía en esa capacidad de sorprendernos, pero parece que a medida que pasan
los años vamos perdiendo esa capacidad, o se va atenuando con el tiempo, y las
obligaciones terminan por sustituir de forma progresiva al azar del juego.
El viaje nos permite volver a
disfrutar con la actitud del niño, la más original y primigenia, y
reconciliarnos con la parte más atractiva del mundo, su lado estimulante y
novedoso, aquel que interesaba a Aristóteles.
Igual que el niño, el viajero no
solo promueve su capacidad para la sorpresa, sino que también empieza a
vislumbrar que no hay ningún escenario de teatro que sea inmutable: no viajamos
para mirar cosas diferentes, sino para mirar de manera diferente las mismas
cosas de siempre.
Viajamos para que el escenario al
que hemos sido arrojados no se convierta en un entorno claustrofóbico y asfixiante,
excesivamente domesticado, carente de estímulo, y podamos reemplazarlo por otro
que nos resulte más sugestivo.
Viajamos para hacer de la vida un
proyecto estimulante, para vacunarnos contra la tentación de llegar a
considerarnos personas hechas «de una sola pieza», del mismo material que las
canteras de Carrara, sin capacidad para el asombro, la espontaneidad o la
improvisación.
Viajamos para comprobar que el idioma
de nuestra tribu no es el único que existe, ni probablemente el mejor; que
nuestras costumbres, al compararlas con otras diferentes, pueden estar equivocadas
o al menos ser cuestionadas; que una vez fuimos niños que nos dejábamos embaucar
con cualquier indicio de sorpresa o de novedad.
Somos el único animal que viaja
por el placer de cambiar y de descubrir, del mismo modo que somos los únicos seres
naturales que nos dedicamos a escribir: para transmutar lo trivial y cotidiano en
algo insólito y fascinante. Para probar nuevas y mejores metáforas con las que
redefinirnos.
*Todas las fotografías son del autor y pertenecen a las ciudades de Lisboa y Oporto.
Também viajamos para rir com os amigos dos demônios que os manequins encerram e sorrir para o velho que no Porto não apenas alimenta os pombos, mas também as gaivotas.
ResponderEliminarAhora, en este confinamiento obligadamente necesario, dar a la mente el privilegio de viajar, bien en sueños o bien despiertos, sin duda ayuda a mantener cierta cordura entre cuatro paredes.
ResponderEliminarPrecioso fragmento.
(...)"no viajamos para mirar cosas diferentes, sino para mirar de manera diferente las mismas cosas de siempre". Me quedo con esta frase. Buenas fotos, por cierto...
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